miércoles, 20 de abril de 2011

Yo sé que no en el fondo te importo

Tomé tu recuerdo y lo trituré en finos fragmentos que habrían volado de haber soltado el mínimo suspiro. No se movieron ni un milímetro. Durante el proceso, no derramé ni una sola gota de sudor o llanto. Lo hice concentrado y con la frialdad de un cirujano, sin caer víctima de melancolías o trampas del arrepentimiento. Después, lo deposité en un frasco color ámbar que etiqueté con tu nombre y que enterré detrás de los ojos de un Buda olvidado. Ahora no quiero saber nada de tus labios, de tus palabras, de tus abrazos; me vienen sobrando tus fotografías, tu nombre, nuestra tiranía y tus recetas. Guarda tu sombra y llévate tus huellas delante tuyo. Déjame tranquilo en mi soledad y respeta la muerte que llevo a rastras. Si pasas por aquí, no hagas el intento de tocarme: un vidrio pardo me rodea y gran parte de mí reposa tranquila detrás de unos párpados milenarios; el resto, un suspiro leve lo esparció a los cuatro vientos, mientras, una torpe y descuidada lágrima tuya, cayó sobre mi recuerdo.

lunes, 21 de febrero de 2011

Narco-lepsia



Se puso una de las dos tangas de la ballena en la nariz. Inhaló como si tratara de absorber la esencia de la prenda y, un segundo después, dijo que aquello era una delicia. La aventó hacia mi cara. Le advertí que si volvía a hacer algo así, le rompería los dientes. Entonces, sin soltar el volante y viéndome por el retrovisor, tomó la otra tanga y la apretó en su puño. Mi corazón se aceleró y sentí el sudor recorriendo de mi sien hacia la mandíbula. Pibote volteó y la arrojó directo a mis ojos. Apreté los dientes e hice una mueca parecida a una sonrisa. Más que sonrisa, era el gusto de saber que podría desahogarme.
¿Por qué una mujer tan gorda saldría de fiesta con dos tangas puestas?, me pregunté mientras hacía que el auto perdiera el control

*

Encontré a Valentina dormida sobre un sillón redondo que parecía de piel de cebra. La jalé del brazo para sentarla y le grité su nombre al oído varias veces. Le eché mi bebida a la cara y abrió los ojos tratando de reconocer el lugar oscuro, con luces y repleto de gente bien vestida. Me miró con sus ojos de niña, esa eterna cara somnolienta, y me sonrió. Se sujetó de mi saco para ponerse de pie, pero, apenas se enderezó, de nuevo se quedó dormida. Traté de sostenerla pero cayó al suelo. Un tipo se acercó hacia mí aventando a la gente en su camino y me empujó tan fuerte que caí a un par de metros.
“¡¿Qué quieres con ella, puto?!”, gritó mientras sus amigos se burlaban de mí, de la situación, del loco de su amigo. No lo sé ni me interesó. Me puse de pie y caminé hacía Valentina para volver a tratar de levantarla, pero de nuevo el tipo se aventó hacia mí y vi cómo todo su cuerpo se preparaba para golpearme. Una parte de mi cara se volvió un sartén ardiendo que chorreaba aceite. En segundos yo estaba en el suelo con el sabor salado de la sangre que corría de mi lengua hacía mi garganta. Veía las luces de colores que se movían en el techo. Comencé a reír, reír como si aquello fuera otra gran broma. O al menos yo sentí que reía. El tipo que me golpeó siguió vociferando, luego escuché cómo una mesa se quebraba, gritos, insultos, botellas y vasos rompiéndose. No paré de sonreír. Sentía una gran calma como hace años no experimentaba. Giré el rostro y vi a Valentina tendida en el suelo. Había abierto los ojos, tal vez por el escándalo o las sillas cayendo casi a un lado de su cabeza, o por algún capricho de su enfermedad. Me sonrió como si nos encontráramos en la playa tomando el sol. Segundos después comenzó a roncar. Cerca de ahí un par de guardias gritaban claves por sus radios, pedían apoyo. Los pies de la gente corrían a mi alrededor, me arrullaban. La música no paraba de sonar: “Y a mí me volvió loco tu forma de ser, a mí me vuelve loco tu forma de ser”.
Alguien me tomó del brazo y me levantó. Raziel acercaba a mi cara sus ojos de depredador para examinarme. Podía oler su aliento a whiskey y ver las cicatrices en sus esqueléticos pómulos. Repitió mi nombre dos o tres veces hasta que le di a entender que lo escuchaba. Pregunté por Valentina y él me señaló a Pibote que la cargaba como a una novia inconsciente que se pasó de copas la noche de bodas. Pibote movía los labios despacio y muy cerca a los de ella, como si el muy marrano la quisiera enamorar en voz baja. Pero Valentina dormía y su conciencia andaba lejos, muy lejos de ahí.
“Tu egoísmo y tu soledad, son estrellas en la noche de la mediocridad”
El aceite escurría de mi boca: un delgado y alargado palillo rojo y brillante que esquivó las dos solapas de mi saco para manchar mi camisa. Del otro lado, tres guardias comenzaron a correr hacia nosotros. Raziel metió la mano debajo de su abrigo, sacó un arma y disparó al techo. Los gritos de terror ahora sí fueron honestos y no de histeria como lo de hace rato. Me dio gusto. Los guardias desaparecieron tan rápido como habían llegado.
“Viniste a mí, tomaste de mi copa, me sonreíste así, nadando en tu demencia. No sabía qué hacer, te traté de besar, me pegaste un sopapo y te pusiste a llorar”
“¿Dónde está Andrea?” me preguntó Raziel y no respondí. Esa estúpida se cree demasiado para lo que es. Me había olvidado por completo de ella, yo sólo podía cuidar de Valentina. Raziel puso mi brazo sobre sus hombros y mis piernas caminaron sincronizadas a cada paso que él daba. Disparó a un ramillete de luces que daban vueltas y la agudeza de su mandíbula cuadrada se esparció en una larga carcajada. Unos pasos adelante, recargado en una columna, estaba el tipo que había convertido mi rostro en sartén ardiente. Sus amigos ya no estaban ahí ni estaban burlándose de mí o de nadie. Tenía la cara hinchada, la ropa rota. temblaba y vomitaba comida revuelta en aceite como el que manchó mi camisa. Simuló no verme y al ver a Raziel conmigo empezó a temblar más. Volvió a vomitar ahora algo amarillo mientras mojaba sus pantalones. No pude preguntarle por qué me había golpeado, aunque supuse que lo hizo para lucirse o porque le va igual que a mí, sólo que él se enoja en lugar de perderse.
Afuera entré a la camioneta de Raziel. Juan Ignacio, desde el asiento del copiloto veía todo lo que sucedía sin inmutarse.
“Ya no te muevas de aquí”, me dijo Raziel, azotó la puerta y volvió a entrar al bar.
La puerta se abrió y entró Andrea con su vestido tan pegado, brillante y blanco, como si en el interior del antro no hubiera habido un caos. Hablaba tan alto como si todavía la música no me dejara escucharla, al mismo tiempo que se veía en el espejo y retocaba su maquillaje:
“¿Viste cómo le reventó (nombre de alguno de los idiotas con los que se lleva) la botella en la cara?“, dijo contoneándose excitada de un lado para otro como un perro nervioso.
“¿Quién te hizo eso?”, preguntó, se inclinó hacia mí, sujetó mi cara y estuvo tan cerca que pude oler su aliento de cigarro y ron con menta. “Quedaste deforme”, se carcajeó y empezó a bailar como si estuviera rodeada de los tipos que traten de tirársela. Raziel subió y arrancó apresurado siguiendo el convertible de Pibote hasta rebasarlo. Pude ver a Valentina que dormía sujetada por el cinturón de seguridad en el asiento del copiloto, con su cabeza colgando hacía un lado como si fuera una muñeca de trapo. Quise preguntarles qué fue lo que pasó, por qué se salió tanto de control o si los amigos de Raziel estaban bien, demostrar que no era tan indiferente como Juan Ignacio insistía, pero no tuve ánimos y nada más podía pensar en Valentina. Esa sensación de lejanía como si yo fuera un espectador más que observa inmóvil la película de su vida.
Raziel y Andrea revivían lo sucedido exaltados de felicidad. Yo miraba por la ventana y en mi cabeza seguía:
“Te vi llegar, del brazo de un amigo cuando entraste al bar”
“¿Hacia dónde vamos?” Preguntó Raziel a Juan Ignacio.
“¡¿Hacía dónde vamos ahora?!” Insistió.
“Vete a Las Lomas”, respondí. “A la casa del brasileño”.
El motor rugió con ese ruido que no hace más que ponerme nervioso, Andrea se acercó al asiento del piloto, rodeó con sus brazos a Raziel y le lamió la oreja sin importar que íbamos a 130 y pasábamos a centímetros de los otros autos, casi tocándolos. Nos detuvimos y Andrea bajó a comprar cigarros. Se formó en una fila de borrachos con los que hacía bromas. Comenzó a bailar con un par, restregándoles las nalgas, y la dejaron pasar en la fila. Luego volvió a subirse a la camioneta. Raziel sacó de su guantera la bolsa donde venían las grapas de coca y las metió en la bolsa interior del saco de Juan Ignacio.
“Traes sangre en la camisa”, le dijo, pero Juani no pareció escucharlo.

*

El brasileño recibe a sus invitados disfrazado de esclavo. Dos vampiros, un hada va de la mano de una Cleopatra demasiado alta como para tener los senos tan grandes. Lo saludan de beso en los labios.
“¿Que te pasú?”, pregunta al notar que mi cara es un sartén que había ardido. “Vengo disfrazado”, contesto y él ríe diciendo algo en portugués que no entiendo, pero por alguna razón me obligo a sonreír.
Una mujer desnuda con una serpiente de henna en el vientre baila sobre una mesa. Sus nalgas son tan lindas, pero lo más llamativo es que sus tetas son del tamaño correcto para su cuerpo. O del tamaño correcto para mí.
Me acerco a ella y toma un cigarro de marihuana de la montaña de cigarros que hay cerca de sus pies. Desde el rincón de la mesa un mulato de cara cuarteada deja de picar su coca, apunta sus ojos hacia mí, pone la mano en su entrepierna y la aprieta como si hiciera masa de tortillas. Siento en mi cuello un beso de unos labios divididos por una lengua que apenas acaricia mi piel. Volteo y unos ojos grandes de una caperucita roja con minifalda me sonríen.
“Soy Marina…”, dice y yo no tengo palabras. “No te acuerdas de mí, ¿verdad?”
No espera a que le responda, me lleva a bailar. Yo apenas y me muevo, no estoy muy animado. Me quita el saco y abre el botón de hasta arriba de mi camisa. “Quiero verte”, dice y me clava las uñas en el pecho con suavidad, como cuando checas que el pan que vas a comer no está duro. La música me es ajena.
Marina se da cuenta y me lleva a una de las salas de la casa para que nos sentemos. Pasa sus uñas por mi muslo, llega al botón de mi pantalón y lo derrota con dos movimientos. Pone una botella ámbar en mi nariz, inhalo mientras ella roza su lengua por mis testículos. Al fondo del pasillo distingo a Juan Ignacio. Mira por una ventana hacia el jardín trasero. Hay lágrimas en su cara, pero no se le ve afligido. Casi parece un maniquí, de no ser por el sudor que brilla en su frente.
“Te caíste al piso, me tiraste el pingüino, me tiraste el sifón y estallaron los vidrios de mi corazón”
El dolor relajante que avisa la eyaculación me doblega, sin embargo no puedo evitar venirme en su cara. Marina se reincorpora, pero no se marcha. Se limpia con el suéter de alguien que lo había dejado ahí, luego sigue hablando y quiere besarme.
¿Besarnos? ¿Para qué? Digo que tengo que ir al baño y me paro haciendo un esfuerzo para quitármela de encima. En el camino me encuentro al brasileño que me da una bebida rubí con fondo azul y una pequeña llama que tengo que soplar. La tomo y salgo hacia la alberca. Ahí está Raziel. Trae puesto un traje de baño que no sé de dónde sacó y una chica, que me parece chiapaneca de 16 años, le unta aceite hasta meter la mano debajo del traje, bajándoselo de vez en cuando. No puedo evitar ver el miembro largo y negro, como plátano macho pasado, de Raziel. Le pregunto por Valentina y me dice que sigue dormida en el convertible de Pibote. La chiapaneca que es más grande de lo que parecía hace una seña para que me siente con ellos. Me hago el distraído y busco a Pibote entre Frankeinsteins, Harry Potters, Jokers. Ignoro que a la distancia Raziel me ofrecía su celular para llamarlo. Encuentro a Pibote en los brazos de una mujer ancha, semidesnuda, que se pintó el cuerpo para su disfraz de ballena. Pibote no alcanza a rodearla con los brazos. La ballena no para de carcajearse mientras él la muerde y queda con la boca pintada de ese gris brillante. Pibote mete la nariz entre los senos y ella se carcajea sofocada quitándose el sudor de la cara. Luego de insistirle para que me diera las llaves de su auto, él busca con la mano la bolsa de sus pantalones y me las da sin dejar de besarla.
En el camino me topo con Marina que me reclama por dejarla sola. La llevo a la mesa de los cigarros de marihuana, saco una de las grapas de coca y comienzo a picarla. Marina se marcha llamándome marica. El mulato de cara cuarteada se acerca y me ofrece un popote de plata para inhalar, lo acepto aunque yo llevo pedazos de popote plástico conmigo. Inhalo. El mundo vuelve a ser rápido y escandaloso, pero de esos escándalos que sincronizan el palpitar de tus venas con la atmósfera. Al subir la cabeza por tercera vez, las tetas de Eva están a un lado de mi cara, Cleopatra la toma de la cintura y le baila por atrás, subiendo y bajando, sonríe al ver los detalles de su omóplato, su columna, el principio de las nalgas. Me pongo a bailotear con más energía con una Alicia negra con trenzas amarillas como yema de huevo. Estoy a punto de picar más coca acompañado de Eva y Cleopatra, cuando el mulato nos ofrece de la suya. Beso las tetas del tamaño correcto de Eva, Cleopatra besa a Eva, paso las manos por ambos cuerpos y, cuando todo parece ser diversión, a unos metros Raziel golpea en la cara a un tipo moreno con peinado de micrófono. La novia del micrófono grita y trata de patear a Raziel. Me causa tanta risa que me separo de Eva y Cleopatra y me dobló a carcajadas. El brasileño se acerca a mí y me dice: “Hace tantu que no ti veía reír”.
Tomo otro trago rubí con fondo azul y llamarada que él me da y sigo en lo que estaba. No sé cuánto tiempo después -dos minutos, media hora, tres horas- el Micrófono regresa con amigos y empieza a reclamarle a Raziel.
Me es indiferente. Fumo un cigarro. No intervengo cuando mis amigos están en problemas. Ellos sí lo hacen conmigo. No sé por qué.
Me disculpo con Cleopatra y Eva. Recordé a Valentina y me propongo a buscarla, pero en la puerta de la casa el mulato me sujeta del brazo y me arrincona con fuerza. Pensé que quería que le pagara su coca o que me había quedado con su popote de plata. Trata de poner mi mano sobre su cremallera. Me aparto y él saca una navaja para reclamarme algo que no me hace sentido. Desde ese punto, a través de una ventanita en la puerta, puedo ver a Valentina del otro lado de la calle, duerme. Camino hacia ella y a la distancia escucho que el mulato me insulta en voz alta. Ella tiene los ojos cerrados y el cabello colgando.
“Te vi bailar, brillando con tu ausencia sin sentir piedad. Chocando con las mesas. Te burlaste de todos. Te reíste de mí. Tus amigos escaparon de vos”
Abro el auto y me subo en el incómodo espacio de los asientos traseros. Le quito el cinturón de seguridad, recargo su cabeza en mí hombro y la calma que sentí en el suelo del bar regresa. Mis amigos salen corriendo de la fiesta. El mulato va tras de ellos y su cabeza se ha vuelto un sartén chorreante, mucho más chorreante que mi cara hace rato. Lo acompañan los amigos del micrófono. Pibote abre la puerta del auto y grita a Raziel:
“¡Está conmigo!”
Andrea sube de copiloto. Yo me paso para atrás y jalo a Valentina para que esté conmigo. El mulato se pone frente al auto y cuando Pibote acelera no le queda más que brincar para evitar que lo arrollemos.
Andrea y Pibote se divierten como bestias. Se ríen, se besan, se lanzan ruidos de emoción entre sí. Vamos rápido y Pibote se pone en la nariz una de las dos tangas de la ballena, como si tratara de absorber la esencia de la prenda y un segundo después dice que aquello es una delicia; luego la avienta hacia mi cara. Le advierto que si vuelve a hacer algo así le rompería los dientes. Entonces, sin soltar el volante y viéndome por el espejo retrovisor, toma la otra y la aprieta en su puño. Mi corazón se acelera y el sudor recorre de mi sien hacia mi mandíbula. La arroja directo a mis ojos. Aprieto los dientes y hago una mueca parecida a una sonrisa. Más que sonrisa, es el placer de poder desahogarme.
¿Por qué una mujer tan gorda saldría de fiesta con dos tangas puestas?
Me abalanzo contra él para golpearlo en la cara varias veces y el coche sale de control. Andrea me araña la espalda y el cuello tratándome de detener, pero sigo golpeando a Pibote que no sabe si defenderse o tratar de controlar el auto, hasta que nos hacemos acordeón contra un árbol. No sé cuánto tiempo quedé inconsciente, pero cuando despierto hay vidrios sobre mí, a mi alrededor, dentro de mí. Los demás están inconscientes, todos menos Valentina que había bajado y llama a urgencias desde su celular. Saco un trozo de parabrisas de mi pierna y voy hacia ella. Valentina camina hacia mí, al mismo tiempo que guarda en su sostén la bolsa de plástico con las grapas de coca. Antes de alcanzarla caigo arrodillado y apenas me sostengo de sus piernas. Ella me toma del brazo y me jala para levantarme. La camioneta de Raziel se estaciona a unos metros. Andrea baja del acordeón y me insulta con su cara hecha otro sartén chorreante. “Quedaste deforme”, le digo y la empujo. Cae sentada y hace una pataleta en el suelo.
“¡Pibote te salvó de la madriza que te iban a meter, puto malagradecido!”, grita desde el suelo.
Raziel me dice que hay que irnos.
Subo, cierro los ojos unos segundos y escucho la orquesta de ambulancias y patrullas que se acercan. Raziel acelera. Yo veo cómo dejamos atrás a Pibote y a Andrea.
“¿Hacia dónde vamos?”, pregunta.
Nadie contesta.
“¿Hacia dónde vamos, Juan Ignacio?”, me insiste de nuevo.
“Al hospital”, contesto sin voltear atrás.
El ronquido de Valentina y la tonada de la canción en mi cabeza me son suficientes. El accidente queda atrás y ya deberíamos estar durmiendo.


lunes, 9 de agosto de 2010

Baja California 140


Reviso el expediente de Emilio y, entre las últimas páginas, encuentro los dibujos que hizo la primera sesión. Una persona, una casa y un árbol. Los trazos y lo que pueda interpretar de ellos siguen siendo irrelevantes, así como lo fueron la primera vez que lo vi, hace más de un año. Son los dibujos de cualquier niño de seis años, con un coeficiente superior a la media. No se nota ninguna perturbación significativa y no se detecta un problema serio. Hojeo mis anotaciones sobre él, como si fuera a encontrar algo, algún detalle que se me haya escapado. Nada.
La primera vez que le sugerí a Emilio cantar, en lugar de golpearse contra la pared o pelearse con sus compañeros de clase, pensé que no funcionaría. Me hizo caso y las peleas disminuyeron, sin embargo los golpes y las heridas provocadas con objetos filosos continuaron.
En la primera cita su madre trataba de sonreír al explicarme lo que le sucedía a su hijo, como si sintiera que tuviera que quedar bien conmigo. “Se enoja y se pega contra la pared, o trata de estrangularse con sus propias manos” decía sin poder ocultar los nervios que le provocaban la desesperación. Escuché a la mujer sin gesticular expresión alguna. Me mostré atento, mientras medía el riesgo de aceptar a su hijo como paciente. Los exámenes psiquiátricos no señalaban ninguna anormalidad biológica y coincidían en que, por el momento, no había opciones adecuadas para medicarlo.

Guardo el expediente en el cajón para salir de mi consultorio. Quiero ir a la calle, distraerme, alejarme de mí mismo. Recuerdo críticas de varios colegas sobre los terapeutas que salen y dejan verse en bares, sin cuidar su reputación. Yo jamás me he encontrado en una situación incómoda con algún paciente o colega. Desde hace años tengo una tendencia a beber demasiado y lo sé. Sé lo mal que me encuentro en mi vida privada y el desorden emocional dentro de mí, pero también soy consciente de que no repercute en mi trabajo... Soy bueno, carajo, demasiado bueno, pero...

A la tercera sesión logré que Emilio saliera de su ensimismamiento, que jugara, e incluso sonrió un par de veces.

Entro al bar y veo rostros. Aquel lugar está repleto de personas con un mundo en sus cabezas, historias, nexos con otros individuos y actividades que tal vez nunca podría siquiera imaginarme.
Después de tres cervezas converso con un chico de provincia que trabaja en la cocina de algún restaurante de la zona. Necesito compañía, distraerme por unas cuantas horas, hasta quedar exhausto. Veo que el chico de provincia sonríe con mi conversación y su sonrisa me conforta.

A partir de la séptima sesión, los papás de Emilio reportaban que había dejado de golpearse y no presentaba heridas que se hubiese propiciado. Ya no se jalaba el cabello ni la piel y casi ya no se introducía objetos a los oídos o a la nariz, cuando algo lo incomodaba. Unos días antes de esa sesión celebró su cumpleaños y convivió de manera más abierta con otros niños. Un verdadero logro en tan poco tiempo.

El chico de provincia acepta la cerveza que le invito. Me mira, esperando otro comentario de mi parte que lo haga reír, pero en lugar de eso le pregunto sobre su trabajo. Responde, y yo, sin inmutarme, lo escucho con atención. Me gustan sus ojos y quisiera decírselo, invitarlo a un lugar donde pudiéramos conversar sentados, sin ruido o tanta gente, y habláramos de cualquier cosa. Estoy a punto de invitarlo a cenar, cuando un hombre rubio y algo regordete nos interrumpe. Me saluda con demasiado entusiasmo y habla sin detenerse. Es evidente que nos conocemos y yo no logro recordar su nombre o de dónde lo conozco. El chico de provincia ahora sonríe cuando el hombre rubio habla. Por un momento se detiene para señalarnos a un adolescente de unos dieciocho años en el que está interesado. Siento alivio al ver que se marcha para tratar de hablarle al adolescente. Trato de reanudar la conversación con el chico de provincia, sin embargo lo noto distraído. Le propongo que salgamos a cenar, pero antes de que pueda responder el hombre rubio interrumpe de nuevo. Ha vuelto acompañado del adolescente y ahora, de alguna manera, los cuatro estamos envueltos en una conversación. Pido una sexta cerveza. Son las cuatro de la mañana y se han acabado los comentarios graciosos. El hombre rubio habla con confianza durante un largo rato y minutos después de nuevo me quedo solo en el bar.

En la sesión número quince, Emilio llegó vistiendo una armadura de plástico. Su mamá lo había llevado a ver la película “Eragón”, y de inmediato se obsesionó con el protagonista. En esa sesión jugó con más vigor, sin letargo y descuidado, como un niño promedio. Emilio aseguraba que él era Eragón y yo el dragón que apenas aprendía a lanzar sus llamas.
En las siguientes sesiones, mencionó en repetidas ocasiones que las llamas del dragón apenas podían quemar a los soldados, repetía que el héroe debía cumplir una misión, así como de las obligaciones que todos tenemos que hacer en la vida. Supuse que esto se lo había dicho la madre y me pareció una magnifica idea. Emilio tenía esa inteligencia que le permitía comprender ideas como ésas, pero que al mismo tiempo eran parte del problema. No era un caso sencillo, lo supe desde un inicio y eso fue lo que provocó que yo lo hiciera demasiado personal. Pero si no lo tomaba así, de no haberme sumergido por completo a la conflictiva, no hubiera progresado de manera tan efectiva y rápida.

Prenden las luces del bar. Los pocos que quedan se ven con extrañeza ante la iluminación traidora. Algunos con deseo, otros con esperanza de salvar la noche en un encuentro. Yo miro a mi alrededor y me siento decaído.
Al salir, subo a un taxi y el chofer me pregunta hacia dónde nos dirigimos. No sé qué responder y digo que voy cerca de ahí, siguiendo de largo en la avenida. No pregunta más y algunos minutos después le pido que me deje enfrente de un edificio de fachada roja y puerta negra.
Bajo de mi balsa para entrar al infierno.
Entro, subo unas escaleras y me paro frente a un recibidor demasiado iluminado. Una persona me exige un pago para permitirme entrar, luego de recibir el dinero me pregunta si voy a dejar algo en el casillero. Muevo la cabeza con timidez. Un timbre anuncia que debo empujar la puerta para entrar. Dudo por un par se segundos.
Una vez dentro, la iluminación es débil, apenas embarra las paredes corroídas. El lugar hiede a cloaca y un silencio abrumador permite que se escuche la madera crujir en cada paso de las personas que se encuentran ahí.
Al fondo del primer piso se pueden ver dos pasillos que llevan a habitaciones oscuras sin puertas. En el extremo contrario hay unas escaleras, las del lado izquierdo van para arriba y las del lado derecho van al sótano. Hay dos sujetos sentados en sillones de piel, parecen agotados, tristes. Cuando se levantan su movimiento me hace imaginar que el cuerpo les pesa, deambulan sin rumbo como si se tratara de ánimas perdidas. Atravieso sus intenciones o cualquier intento de acercarse, no existen para mí. Tomo las escaleras hacia el sótano y entre más baje hay todavía menos luz. Escucho las respiraciones, los hombres están recargados en los barandales y varias manos me tocan mientras avanzo, algunas con brusquedad otras con más timidez. Una olla repleta de almas donde la carne no distingue límites. Mis ojos se acostumbran a la oscuridad. Distingo figuras sin rostros, sólo extremidades que se funden entre sonidos de un placer que muestra dolor.
Un joven me obstruye el paso. Quiero continuar caminando, llegar hasta el fondo, pero él me lo impide. Se obstina conmigo, su insistencia es embriagadora y me abruma. Es un goce colmado de culpa. Él abre mi pantalón y yo cierro los ojos. No puedo resistirme. No quiero. Se arrodilla. Me sujeta de la espalda. Otras manos me tocan el pecho y el vientre. Algo en mí me dice que debo evitar aquello pero dejo que continúe, cada vez con un mayor ímpetu, hasta que siento que el disfrute culmina y emito un suspiro corto acompañado de mi respiración agitada. El joven se pone de pie, me abraza y con la punta de sus dedos da un masaje en mi espalda. Aquel contacto me provoca calma. Siento que hubieran sido años en los que no he tocado a nadie y me percibo ridículo por enternecerme con ese contacto. Pero esa sensación es una pequeña prueba de un paraíso que jamás tendré. Tranquilidad en medio del averno.
Le digo al joven que debo irme y se desilusiona un poco, sin embargo respeta las reglas intrínsecas de aquel sitio, como la de no hablar más de lo necesario y respetar la distancia. Subo otras escaleras y veo más gente, un lugar repleto de personas con un mundo en sus cabezas, historias, nexos con otros individuos y actividades que tal vez nunca podría siquiera imaginarme. Hallo la puerta principal y pido que me abran, pero el hombre del recibidor atiende una llamada telefónica. Sólo tiene que tocar el timbre para que yo pueda salir de ahí. Pare él no es ninguna urgencia, cuando yo salga, él seguirá aquí, así como perduraba en ese espacio antes de mi llegada. Me siento atrapado. Presiento que nunca va a cortar la llamada y voy a quedarme encerrado para toda la eternidad. Me invade la ansiedad y sudo. Vislumbro el modo de tirar la puerta y salir corriendo. En teoría sé que podría hacerlo, pero que no me atrevería. Al fin suena el timbre y el hombre del recibidor sonríe como si intuyera la desesperación que me embargó. Una vez afuera respiro con alivio. El aire contaminado de la ciudad me parece ligero. Faltan algunos minutos para que amanezca y no deseo ir a ningún lado. Tal vez debería regresar, buscar al joven y pedirle que me acompañe a casa. Un taxi se ha detenido en frente de mí. Me parece una señal, así que subo. Le doy una dirección. “Baja California 140, casi esquina con Monterrey”.
En el tablero del taxi hay un muñeco que se mueve de un lado a otro. El chofer no es de los que hablan y eso me permite hundirme en el silencio rodeado por los ruidos ajenos de las calles. Cuando llegamos, le pago y me da el cambio sin mirarme a la cara. Se va.
En la pared hay una cruz blanca pintada, una placa y una fotografía, protegida por una estructura de metal. Leo el nombre completo de Emilio. Se ve sonriente, sano, como un niño promedio. No puedo contenerme y las lágrimas salen de mis ojos. Imagino una vez más la escena de él abriendo la puerta del auto y cayendo al pavimento. Llevábamos más de cincuenta sesiones.
Toco su foto como si quisiera decirle algo, hacerlo sonreír de manera imprevista, hacerlo jugar con dragones o caballeros imaginarios. Me percato que todo esto es mayor de lo que creía, que me rebasa y no ha dejado de perjudicarme. No debí confiarme, pensar que no regresarían los síntomas y posiblemente debí insistir en la medicación, pero todo iba tan bien. Hoy se cumple dos meses de su muerte.
Poco a poco mi llanto se convierte a algo desesperado que roba mis fuerzas, me agota y no me permite respirar, hasta que el frío me termina de vencer y el cansancio me aleja de la vigilia.

El sol de las diez de la mañana y el ruido de los autos me despiertan. La sensación de haber estado en el suelo duro y rasposo lastima mi cuerpo. Otro taxi, parado justo enfrente de mí, me invita a marcharme. Antes de llegar a mi destino nos detenemos en un videoclub. Ya en casa noto que he dejado de sentir cualquier clase de emoción, que me encuentro en un limbo sin dirección y sin ánimos de continuar. Meto el DVD al reproductor, me recuesto en el sofá y con presionar un botón comienza la película de Eragon. Me parece escuchar la voz de Emilio repitiendo las aventuras, jugando con un palo como si se tratara de una espada, con el casco de plástico que le compró su madre y lanzando una carcajada que nunca nadie había escuchado antes... Sé que debo de reponerme. Estamos aquí para realizar nuestras obligaciones y todos deberíamos ser como esos héroes que tienen una misión que cumplir.
El dragón lanza pequeñas llamas.