domingo, 12 de octubre de 2008

La fórmula para un buen cuento.



No importa cuáles sean los parámetros a los que uno se exponga, siempre hay una manera infalible para escribir un buen cuento. El escritor francés, Georges Perec, cansado de la novela tradicional –como la mayoría de sus contemporáneos–, ideó nuevas técnicas y estructuras creativas. Perec postuló que, entre mayor sea el número de limites impuestos al escribir, más se obliga a florecer lo que pervive en el inconsciente. Llamó “El secuestro” a uno de sus libros. La obra de inmediato fue un éxito, no obstante nadie entendió la razón del título. Aparentemente, no existía ningún secuestro en toda la obra. Perec, por un mes no dijo nada al respecto. Se mantuvo aislado. Luego escribió una carta, muy simpática, en la que hacia notar que en su libro no había ni una sola palabra con la letra “e”. De inmediato se comprobó que aquello era verdad. Hace pocos años, la editorial Anagrama logró la traducción al español de aquel libro, eliminando el uso de palabras que tuvieran la letra “a”.
Es tan fácil quitarse de encima los requisitos que debe cumplir un cuento por encargo, tan fácil como caer en el cliché o la pereza. Pero eso no rompe con la literatura tradicional ni hace florecer al inconsciente, aunque nada de eso sea la fórmula para escribir un buen cuento.
Nadie sabe bien cómo fue que Jean Genet consiguió su bagaje cultural. El hombre era un ladrón, un criminal que siempre necesitó de la cárcel para escribir sus novelas, y cada vez que era encarcelado, los intelectuales de su época intervenían para liberarlo. Llegó el momento en que Genet no volvió a la cárcel y jamás volvió a escribir otra novela. Entonces conoció al que sería su amante y, junto a él, decidió escribir teatro, su aportación más importante a la literatura.
Recuerdo la historia que me contó mi gato (¿o fue acaso que lo soñé?). Trataba de una bruja que buscaba un libro de poderosos conjuros. Ella era una bruja menor que, desobedeciendo los designios de su clan, se dispuso a encontrar aquella herramienta de poder. Ella estaba acompañada de dos aprendices: un troll y un estúpido (todos necesitamos cómplices, o por lo menos acólitos, para que nos digan que estamos haciendo las cosas bien). De alguna manera, hallar el libro de conjuros no fue tan difícil. Resultó que nadie lo había encontrado, porque creían que aquello era una misión imposible y peligrosa.
“Si no fuera así”, pensaban, “por qué nadie más lo había buscado”.
Cuando la bruja tuvo en su poder el libro, el aprendiz estúpido se asustó y fue a contarles lo sucedido a los grandes magos. La bruja, en un principio, segura de sus nuevos poderes, no se preocupó. Siguió una receta para preparar en una olla una pócima que mostraba el futuro. Una vez lista la pócima, la bruja preguntó a la olla qué sucedería si le daba el libro de conjuros a los magos y se rendía. La olla le mostró que los magos la torturarían, violarían y finalmente la aplastarían con los pies; entonces la bruja preguntó qué sucedería si utilizaba el libro de conjuros para defenderse. La olla respondió que los magos la torturarían, la violarían y finalmente la aplastarían con los pies, de maneras mucho más atroces que si no hacía nada. Recargada en la pared, con su único ojo miró alrededor y vio que su otro aprendiz huía despavorido. A lo lejos escuchó los gritos suplicantes del troll, ante la furia de los magos que, luego de martirizarlo, irían por ella.
Uno puede proponerse escribir un cuento de diferentes maneras. Puede hacerlo de manera tradicional o utilizar alguna nueva técnica, tal vez eliminando al narrador, tal vez rompiendo con el orden o la importancia del principio, el clímax y el final, tal vez engañando al lector para que aquello que escriba no parezca un cuento y predecir que no faltará el chico listo que afirme, orgulloso y seguro de su conocimiento: “Eso no es cuento”. Uno puede eliminar cualquier parámetro impuesto que exista por costumbre o tradición, o imponerse los limites que le dé la gana: que el cuento no tenga final, que se escriba sobre todos los sucesos que le pasan a uno mientras escribe, que el cuento sea aversible, pero que el lector no pueda dejar de leerlo; que sea un medio de protesta, que esté repleto de inconsistencias e incongruencias, que la historia no tenga ningún propósito... En fin, las posibilidades son infinitas. La fórmula para un buen cuento no depende de nada de eso.
El nunca reconocido en vida, Georges Bataille, tenía una teoría sobre el arte. Sabía que todo organismo nacía, crecía y se moría. Eso no fue un gran descubrimiento. Bataille dijo que, para que ese organismo creciera, necesitaba de cierta energía, y si esa cantidad de energía no era suficiente, el organismo podía, no sólo no-crecer, sino incluso morir; sin embargo, si esa cantidad de energía era demasiada, el organismo crecería en exceso hasta calcinarse.
Bataille escribía novela erótica. ¿Por qué? Porque para él, la sexualidad de los humanos era en su mayoría una actividad sin ningún otro fin más que quemar energía. Lo mismo pensó de las guerras, necesarias para que el organismo social sobreviva; de igual manera clasificó a las actividades artísticas y deportivas. Actividades casi ociosas, desde su perspectiva -podríamos pensar- pero con el fin de darle un vehículo a los humanos para gastar la energía excesiva de maneras diversas.
En el sueño del gato, vi un hombre sin pies que tenía como mascota un ave gigante. Aquel animal me recordó a una agradable mujer que conocí años atrás y que había sacrificado gran parte de su carisma por ejercer como figura de autoridad, sustituyendo al dueño ausente de alguna institución de la cual no recuerdo ningún detalle en este momento. Esta agradable mujer, con frecuencia contaba la historia de un ave de la misma especie que la mascota del hombre sin pies. Atacarla (me refiero a la mujer que ejercía como autoridad no al ave, claro está) era una manera fácil de hacerse de adeptos y ganar popularidad entre los miembros de la institución de la cual no recuerdo detalles. Una tentación a la que alguna vez sucumbí. La mascota del hombre sin pies me provocaba una gran ternura. Redonda, repleta de feas plumas, con su cuello largo, cargando a todas partes con lisiado y sirviendo a otros para sembrar y cosechar. La sacrificaron un día que hubo problemas con la ley. El dueño -débil y de poco carácter- de la institución de la cual no recuerdo más detalles, no dejaba de ser el dueño y ella le pertenecía (me refiero al ave, claro está, no a la mujer).
Para la narrativa existen docenas, sino es que cientos de tips que uno debe siempre de considerar. El ritmo, el manejo de la prosa adecuada, evitar cacofonías, buscar un final contundente atado a un clímax excitante, que haya una secuencia lógica de los hechos, tener claro lo que se va a decir, el uso de metáforas, construir el perfil de los personajes, la verosimilitud de lo que uno cuenta, la creación precisa del universo donde se desarrolla la historia, el uso correcto de los tiempos, las técnicas de Chejov, el manejo del hilo o hilos conductores, los huecos necesarios entre las descripciones para que el lector imagine, ser claros a la hora de hablar de los personajes, para que no el lector no los confunda entre sí, etcéteras y etcéteras. Según esto, un buen escritor va a ser capaz de romper con estas reglas para lograr un fin. Nada de esto es imprescindible para la fórmula de un buen cuento.
Existe una incontable cantidad de escritores que quisieran ser Maran. Tener sus aventuras, pasar por todo lo que él pasó, contando grandes historias, pero no tan grandes como la propia. Tal vez él fue el antecedente para que Michel Leiris (amigo cercano de Bataille), construyera lo que serían los primeros indicios de lo que ahora es la vanguardia en Europa: historias honestas, sin falsedades, en las que se confunde la realidad del personaje con la del escritor, biográficas pero dentro de la ficción, donde la realidad es insuperable. Tendencias novedosas contrapuestas a lo que un latinoamericano dijo hace un par de años: “Yo cuento verdades para que no me crean”... El secreto de un buen cuento no sé encuentra dentro de toda esta información.
Si el gato en realidad existiera, si en realidad hubiera tenido aquel sueño y todo lo anterior fuera absolutamente cierto y comprobable bajo el método científico, no serviría de nada para diferenciar este texto entre un ensayo ficticio y un cuento. Dentro del sueño del gato soñé a una mujer que estaba casada con un reconocido escritor. El escritor pasó toda su existencia adulta revisando su obra, corrigiéndola, enfureciéndose ante la burla de un par de cretinos. La mujer vivía en una región nevada y, en el tiempo que su esposo no estaba con ella, construyó un instrumento musical. Al gato le conté el sueño y le hice saber que aquella obra tan revisada y corregida nunca trascendió. El par de cretinos tuvo un propósito útil, lejos de cualquier relación con el escritor. El instrumento que la mujer construyó fue una gran pieza fundamental, hasta que las cuerdas reventaron y el mito del instrumento musical que nunca nadie conoció ni escuchó fue más importante que el instrumento en sí.
“Cualquier parámetro impuesto sirve para que aquello que pervive en el inconsciente aflore y el texto tenga una interpretación que vaya más allá de lo escrito y de lo que la mayoría de los lectores jamás podrá ver”, aseguró Perec. Eso tampoco importa en lo absoluto. El secreto de un buen cuento es simplemente lo que ya mencioné.

3 comentarios:

Changos dijo...
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Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...
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