martes, 20 de noviembre de 2012

Cómo salvar al mundo con el mínimo esfuerzo



¡Pero  la masacre de Palestina! Ve esas fotos tan horribles de los niños muertos. Y aunque haya a quien no le gusten o le incomoden, no podemos dejar que le dé la espalda a esta desgracia… Mira, el otro día salió Pedro a cuestionarme que por qué no había puesto la misma atención a las fotos de los niños obreros en China, ¡pero claro que les puse atención!, de hecho yo misma las compartí y hasta le expliqué a todos que no debían de ser indiferentes a la miseria china. Pero eso fue como la semana pasada, y el impacto de las fotos de los niños palestinos es muy diferente. O sea, yo ya hice mi parte por China, a mí es a la que menos puedes decirle.  Y no me vengas con excusas, aquí no importa si no sabes qué está pasando, ni por qué está pasando, ni mucho menos si no sabes dónde está pasando. Por ejemplo yo, que antes no sabía dónde estaba Palestina, no me importó. Porque basta ver las fotos para conmoverse. Quiero decir, quién necesita documentarse, ¿sabes? Una foto dice más que mil palabras. Porque yo veo una imagen y de inmediato reacciono. No sé, así siempre he sido yo. Y perdóname que te lo diga, pero no sé cómo puedes seguir viviendo como si nada después de conocer semejante tragedia. Y te voy a ser franca: si no condenas de inmediato esta situación, pues la estás promoviendo; ya te dije, no sé por qué dices que necesitas leer al respecto, aquí no se trata de informarse, se trata de defender la vida por la vida misma, sobre todo a los niños, y si tú viste las fotos y no lo condenaste pues es porque lo estás apoyando, no es cosa de leer. Nada de dudas. Por ejemplo, yo qué me voy a estar preguntando si un día van a curar el cáncer o no; o sea, yo apoyo el día ese que exactamente no recuerdo qué día es, pero que es el día de la lucha contra el cáncer. Yo me pongo mi moño y hasta le pongo uno a cada una de mis hijas, para que vean que nosotras sí apoyamos. Obvio yo sé que hay cosas por hacer, que de voluntariado, donaciones y esas cosas, pero pues yo por eso le informo a la gente con mi listón, un chorro de cosas que se tienen que hacer. También es cierto que no se puede estar en todo, como el otro día que mi cuñada me estaba diciendo de una marcha por la democracia o los derechos de no sé qué, y quería que la acompañara, pero pues la verdad yo no tenía tiempo, y para serte honesta la verdad ni supe bien cómo estaba eso de la marcha y mejor no fui. O sea, yo tampoco me voy a prestar a esos juegos. Al rato van a querer que todo el tiempo esté haciendo y tenga presentes no sé qué tantas cosas. Como te digo: hay límites. Y a propósito de democracia, ¿si te enteraste de lo que pasó en Egipto, eso de la primavera árabe y toda la cosa? ¿No? Ay, pero cómo, si yo lo puse en mi face. A la otra hasta te voy a etiquetar porque está interesantísimo. A mí me lo pasó una amiga y en cuanto me dijo lo compartí. La verdad es algo en lo que yo coincido mucho, algo que se debe defender, eso de la democracia en Egipto.  Aunque cómo hay gente que se aprovecha de la buena voluntad de uno, porque no te creas, también me han tocado malas experiencias. Como esa vez que anduve difundiendo lo de un dictador de África, creo, que era muy malo, así un tirano mal plan, y que hasta un video le hicieron. Keny, creo que se llamaba Keny. Y pues yo lo hice más que nada por los niños. Yo vi el video de lo que decían que este señor estaba haciendo y hasta lloré. Qué mala onda que al final hayan dicho en las noticias que todo era mentira. Eso no se vale. Yo cómo iba a saber. Te voy a pasar el video para que lo veas tú también. Digo, ya aunque ahorita digan que es mentira pero para que estés al tanto. Esa es la parte mala, que luego uno ya ni sabe lo que es verdad. Como el domingo, que voy con las niñas a esto del “Fin de las ofertas”, ya nos traíamos las seis pantallas de plasma para la casa, cuando me sale mi hija con que había leído no sé qué en un mail, que los niños de las minas de litio con las que se hacen esos productos, que los explotan y que son como esclavos, que eso destruye la naturaleza, contamina y acaba con los recursos para el futuro, y así todo un rollote, pero mira, como le dije a mi hija, yo no puedo estar con la zozobra de si será melón o será sandía, yo no iba a dejar pasar la oferta. Total que mi hija se puso de necia, porque luego me sacó que estaba mal comprarlo con la tarjeta de crédito, que mejor lo ahorráramos para no andar con la deuda, que porque vio en un documental que eso crea las burbujas económicas y que según por eso fue la crisis mundial, pero pues yo no lo he visto, y la verdad hasta no ver no creer. Además ni que fueran cosas que no necesitáramos, trajimos nada más lo indispensable, las pantallas que ya nos hacían mucha falta, las ipads de Navidad, las waffleras, los peluches de los bebés para los bebés de mi prima, un montón de cosas ¡y hasta comida! Nos trajimos unas cubetas de estas grandes del helado importado. No iba a desaprovechar eso. Además, qué tan malo puede ser, porque aunque sea helado, es comida. Pero en realidad sí me puso a pensar, porque últimamente he visto muchos links de cosas feas que están pasando en España. Pero bueno, como leí en un blog: ya quisieran los españoles estar como nosotros. Y la verdad yo sí le creo, según dicen que hay cifras de que aquí en México hay pobreza mucho peor y gente muriéndose de hambre o algo así, pero la verdad no las he visto en twitter, y si existieran ya las hubiera compartido, y de todos modos, como sea la emergencia es mucho más grande en España porque allá no estaban acostumbrados a eso de la pobreza. Ya después de mucho discutir, terminamos dejando la pantalla de mi hija, que porque ya no la quiso. Digo, ya si fuera cierto lo del mail ése, pues aunque sea una ayudita ya hicimos. Y todavía, fíjate, la señora de la fila de a lado hasta dejó sus tres tostadores y los celulares que llevaba, pero allá ella. Como te digo, lo de hoy es estar informada, en la época del internet y no saber de estas cosas pues cómo. Y la verdad lo siento mucho también por el país, porque yo vi en una imagen muy bien hecha, que el presidente estaba diciendo que estas compras eran por nuestra economía, y la verdad qué mal que haya gente como esa señora que nada más por algo que escuchó, ya no ayude. La verdad qué pena. Y a mi hija sí la castigué, no te voy a mentir, si no al rato va a terminar metiéndose en lo que no le importa, como los de Greenpeace, que vienen con su cantaleta de que los mares, las ballenas y que Japón y no sé qué, y la verdad yo ni tengo planes de ir a China, ni de comer ballena, ni nada de eso. O los que molestan con que no sé qué hay que informarse sobre el gobernante que escogemos, que porque pueden ser corruptos o estar ligados con el narcotráfico y eso ha traído no sé cuántos muertos y no sé qué tanto. Pero si todos son iguales. O eso pienso. La otra vez me contaron de un documental que según decía eso, pero la verdad no lo he visto. Sé que por ahí hay fotos terribles que te enseñan lo que pasa por no inmiscuirse en los asuntos en los que sí puedes directamente intervenir, pero yo no me voy a dejar manipular.  Como te digo, todo es cosa de ponerse vivo. Yo, aunque les pese, veo y comparto las fotos de los niños palestinos. No me voy a ver indiferente a su dolor, nada más porque resulta que por acá hay más muertos, resultado en gran parte de la indiferencia de no sé quién. O más bien la indiferencia de otros. No puede ser la mía, porque yo sí estoy muy atenta con esto del Keny, y sí compartí la foto de los niños japoneses… Bueno, chinos. De donde sean. Y hasta no compré la pantalla de mi hija. A mí no me pueden reclamar. Como te dije, no se puede andar por ahí apoyando todo. Ni sé por qué me ves con esa cara, ni por qué te enojas. Ya estás como Pedro. En realidad que a ustedes los supuestos activistas no se les complace con nada. Con nada…


Por Ulises Xolo y Leonardo Garvas

miércoles, 15 de agosto de 2012

La cura


Si hay algo que no tolero, es a un pederasta cínico. Los tengo aquí, frente a mí, haciendo lo que les divierte entre muebles caros de mal gusto y obras de arte que no entenderían ni en un millón de años, y yo tengo que aguantarme las ganas de soltarles una patada en la cabeza… Gran detalle invitarme a este lugar para cerrar el trato. Casi todas las niñas han aprendido a simular agrado por lo que hacen; otras, los que ellos llaman “las mejorcitas”, tienen la mirada en otra parte, perdida, o como si trataran de recordar algo que se quedó en la vida que tenían antes de todo esto. Y si bien yo no estoy aquí por mis valores morales, si hay algo que no tolero, es a un pederasta cínico.
La ciudad lleva meses sumergida en el tema de las elecciones presidenciales. Al salir a la calle veo espectaculares, panfletos, escucho gente hablando al respecto. Yo, me dedico a lo mío sin ganarme problemas innecesarios. No suelo meterme en crímenes en los que suelan atrapar a los culpables. Ese es mi parámetro: matemáticas simples. Calculo cada cuánto atrapan al criminal en cada delito, lo dividido entre los días del año y tomando en cuenta la cantidad de tiempo que tendría que pasar en la cárcel, me da una idea de en qué asuntos debo involucrarme y en cuáles no... Pero no fui a ver a los pederastas para ver cómo se divierten, fui porque su protector –al que llamo el pederasta mayor– sabe bien que tengo la habilidad para dirigir un grupo grande en fraudes, que soy el mejor en eso. Para eso me invitaron a la mansión de Aristóteles: la casa de las niñas.
No hubo detalles, sólo una negociación. Es demasiado el dinero que me van a dar, así que deduzco que deben desearlo mucho. Por eso les pedí más y por eso me lo concedieron. La mitad ahora y la mitad el día de las elecciones, antes de las doce de la noche.


No me gusta moverme en auto, pierdes contacto con la calle, te vuelves presa fácil y dejas de reconocer la miseria corriente, esa insoportable perspectiva en la que viven estos millones. Pero tengo mis trucos para que no se vuelva una carga. De vez en cuando me doy algunos gustos. En un pequeño tubo que parece de monedas, traigo una pila de pastillas. Todas ellas de sulfato de talio. Las suelo regalar a los más miserables. Con esto se le quitará el malestar por un buen rato, les digo. Y ellos me lo agradecen. Vale unos cienasí que no vaya a desperdiciarlo, digo de manera convincente y ellos, sonrientes, lo agradecen más. La dosis en cada pastilla es doble, por si acaso se les ocurre compartirla. En cuestión de minutos presentan los síntomas y en horas mueren. Pero no piensen mal, no todos ésos que amanecen muertos en la calle son culpa mía. La miseria se encarga de los desafortunados en un proceso mucho más lento, largo y lastimero que el que yo les doy… El sulfato de talio no tiene color, olor, sabor, no necesita revolverse, pero lo más importante: no hay cura y es indetectable. Bueno, si hay cura, pero –en el remoto caso de que esta gente pudiese obtener atención médica– los mediocres doctores del servicio público o privado, jamás sabrían qué es lo que le pasa a su paciente y no sabrían darles el remedio: azul de Prusia, un simple pigmento que sirve en las artes plásticas. Y el talio sí es detectable, pero después de un complejo proceso de pruebas que deben ser tomadas antes de que la sustancia desaparezca del cadáver.
Repito: siempre tomo el menor de los riesgos.
En el metro escucho a dos viejos. Hablan sobre lo terrible que sería que tal candidato corrupto quedara en el poder. Yo sé que ese candidato sería peor de lo que ellos suponen, mucho peor. He trabajado con tanta de su gente, que sé bien de lo que son capaces. Mi contrato con ellos es simple: hacer un esquema que pudiera llevarse en diferentes lugares del país, luego habría que conseguir a cincuenta defraudadores menores, que yo conociera por su trabajo, para que a su vez movilizarán cada uno a unas 150-200 personas. El riesgo es inexistente y la paga es asombrosa. Los que estén en la parte inferior de esta pirámide jamás me conocerán y yo soy el vínculo entre los beneficiados y los que supervisarán el plan, y ambos lados saben de sobra que sé cuidarme.
En la casa de Aristóteles me ofrecieron tragos, una o más niñas –las que yo quisiera sin costo alguno–, y el dinero de mi trabajo. Tomé el dinero, sentí escalofríos al ver a las niñas y vi con asco la vitrolera de cristal cortado de donde sacan un supuesto coctel afrodisiaco, especialidad de la casa. Yo he estado en la cocina de la casa de Aristóteles y sé que ese coctel no se trata de otra cosa más que de jugos Jumex revueltos en hielo, con una cantidad cuidada de Viagra, para que ninguno de esos cerdos vaya a morirse de hipertensión. Ja, nada se perdería y nada cambiaría si murieran. Tienen docenas de discípulos debajo de ellos, esperando el momento indicado para tomar su lugar y robar como ellos roban. Muchos de esos discípulos pasan sus grises carreras esperando ese momento que nunca llega. Estos hijos de puta parecen inmunes a todo. Yo por eso decidí conseguir lo que quería, lo que me ayuda a no volverme loco o a no perder la vida antes de que mi carrera pase enfrente de mis ojos, esperando a que suceda un milagro. No ha sido difícil ni tan arriesgado. Tipos como éstos han creado un sistema que protege al que roba y mancilla al que se somete, y yo sé bien que para pasarla bien y librarse de cualquier culpa, nada más es cuestión de encontrar los huecos necesarios. En todos lados hay huecos. Yo soy bueno hallándolos, o tal vez sólo personas como yo quieren buscarlos, aunque cualquiera podría hacer lo que yo hago, si tuviera las ganas y la certeza de que no hay otra oportunidad para tener lo que quiere, y sabiendo que si no lo tomas es porque te resignas a dejar de existir sin haberlo tenido.


Los san juderos y su jodido olor a pegamento… ¡mierda! Son un claro ejemplo de las pocas capacidades que puede tener un criminal y convertirse así en la carne de cañón que protege a los realmente peligrosos. Dos atraviesan el vagón para pedirle dinero a la gente. Muchos de los pasajeros en automático les dan, algunos se hacen los que no oyen, pero luego de que los hediondos insisten haciendo algún gesto burdo y violento, los que se resistían sacan apresurados un par de monedas y se las dan. Cuando llegan conmigo,  les digo que le pidan a su puta madre. Se intimidan, se dan media vuelta y se van rumiando insultos en mi contra. Los pasajeros que se percataron de lo sucedido, se sienten avergonzados. Tratan de agraciarse conmigo y los ignoro. No me extraña que a esta misma gente los que me contrataron vayan a jodérselos. Lo que a esta gente le importa es sobrevivir el día, no pueden ni tienen cómo mandar al carajo a quienes los pisan. No saben matemáticas simples, o no quieren o pueden encontrar los huecos que yo encuentro. No me importa.
Afuera de la estación, recibo una llamada lejos de la peste y del olor a sumisión. Es el pederasta mayor. Hace semanas que no hablábamos y se oye algo preocupado. Me propone encargarme del doble de casillas, utilizar más hombres. Yo analizo por un segundo y sé que no es difícil: para que algo funcione, se necesita una buena cabeza y cálculos fríos, y los números están por mucho a mi favor. Me pide que le haga un descuento y le digo que necesitaré el triple de lo que habíamos acordado y que la mitad la necesito ahora. El tono de mi voz evitó que tratara de negociar y acepta. Deben desear mucho lo que están buscando con este triunfo. Hago llamadas para que contacten a más criminales mediocres, el asunto es simple y lo resuelvo en unos cuantos minutos. Mis subalternos tienen amigos o cómplices de sobra. Quieren que les pague más y, por eso, sin que lo noten, les ofrezco la mitad de lo que les había prometido. Lo anhelan demasiado. Ese es el problema de esta gente: sus anhelos los tienen atajados de los genitales, tanto como para aceptar cualquier cosa.
En menos de una hora todo está listo. Lo que no, se irá resolviendo. Tengo monitoreados con cámaras los lugares donde mis subordinados se reúnen con sus subordinados. Las pantallas están junto a una televisión en la que voy checando las noticias. Veo en cada monitor que los dirigentes se muestran severos con su gente, les dan instrucciones, son precisos y abusivos. Cuando hay tanto de por medio, hasta la podredumbre hace las cosas bien y se adapta. Son en total poco menos de veinte mil las personas que participarán. Cada uno tiene que seguir el esquema que he calculado y replicado. Mañana durante todo el día lo llevarán a cabo, luego servirán a otros que los ocuparán en otras labores, junto a otros grupos por los cuales ya no me pagaron. Pero eso ya no es asunto mío.
Es de noche y en la calle se puede oler la pobreza. Cocinas con cochambre, sillones empolvados, coladeras destapadas, ligeras fugas de gas, caca de perro acumulada en los patios. En esta colonia también hay san juderos, pero estos ya aprendieron quién manda por aquí. Los veo de lejos. Saldrán a robar, a conseguir lo que quieren. Al menos no son maras, esos me exasperan. Jodida ciudad. No vale un centavo. Ni ellos, ni su gente, ni lo que los pederastas van a robarles. Pero no puedo dejar de preguntarme por qué lo desean tanto. Le pido su moto a uno de mis subordinados y le digo que vuelvo en un par de horas. Voy a la casa de las niñas, esa casa que fue construida por algún arquitecto al que ni reconocen ni valoran y que vale el doble de lo que van a pagarme. En la entrada me dicen que ahí está el pederasta mayor. Quiero que me dé respuestas, que me diga qué es lo que quieren de esta gran basura. Pero el pederasta mayor está entretenido. Esta vez se ha metido dos niñas y un niño a un cuarto. Uno de sus hombres cercanos me pregunta que qué quiero, que si es urgente, que si necesito que lo llame. Sé que este sirviente no hará nada de buena voluntad, así que le miento y le digo que es importante para el plan que me digan por qué necesitan ganar. Le digo que debo saberlo para hacer cálculos. Se lo digo con todas sus letras ¿Qué quieren de esta estafa? El hombre baja la voz, se acerca y me dice: Entre peor quede el país, mejor nos va a ir. Y señala del otro extremo de la casa a alguien que conozco bien. Se supone que es el hombre más buscado, el que todos quieren atrapar, y ahí está, contando chistes y carcajeándose a todo pulmón, rodeado de prostitutas de trece-quince años y de los hombres más poderosos de la política y del sector privado. Parece que tiene prisa, se prepara para irse y desde lejos me reconoce. Hace años que trabajé con él y se despide de mí poniéndose los dedos en la frente y retirándolos, algo parecido a la mueca militar. El país ahora será suyo.
 ¿Quieres que llame al jefe? Me pregunta el sirviente del pederasta mayor y yo digo que no. Camino hacia una de las salas. Todo el mundo en ese lugar festeja el triunfo como si ya fuese cosa segura. Los invitados en casa de Aristóteles hoy tienen una mayor saña contra las niñas, se les ve al besarlas, al apretarles los muslos, las tetas y las nalgas...  Si hay algo que no tolero, es a un pederasta cínico. Me dirijo al baño con un par de copas llenas del coctel afrodisiaco, y con mi  índice de metal aplasto todas las pasillas de sulfato de talio sin color, sin olor, sin sabor, no necesitan revolverse. Echó el polvo a las copas, regreso hasta la vitrola y devuelvo el contenido de las copas al dichoso coctel.
Por mí pueden irse a la mierda junto al país de mierda que los deja ser lo que son. Para el momento en que se hayan dado cuenta del primer envenenamiento, la mayor parte de ellos habrá tomado otra copa del coctel afrodisiaco. Voy a despedirme y me tomo mi tiempo. Me gustaría tener la paciencia para ver las reacciones del primer envenenado o verlos morir a todos, pero seguramente terminarán en el hospital y ahí el espectáculo no será tan divertido.
Me subo a la moto y me marcho. Hay tantos huecos en todas partes y nadie quiere darles algún uso, ni siquiera el uso correcto. Llego con mi subordinado y, con la habitual calma y frialdad que me caracteriza, le digo que el plan ha cambiado. Los mando a otra parte a esperar instrucciones. Me pide algo de dinero y le digo que no habrá ni un peso hasta que hagan su trabajo. Lo acepta rebajado. Es hora de largarse: no cago en el traste que me da de comer. Pero otros sí lo hacen y el excremento se está desbordando. Pienso en un par de huecos que me servirán para marcharme sin mayor problema. En la televisión las noticias anuncian que el ex gobernador de Puebla ha ido a parar al hospital y se encuentra grave. Sonrío. Lástima que no haya cura. Bueno, si la hay, pero tardarán en detectar el mal y esta cura sólo funciona en casos de que el envenenamiento sea descubierto a tiempo. A este país nunca le ha gustado de verdad las bellas artes. 



Cuento de Leonardo Garvas, extraído de la antología “Historias Maravillosas”, editorial “Los hedonistas cansados”.


lunes, 13 de agosto de 2012

P. O. R. T. A. L.



El camino estaba formado por triángulos de mosaico que alternaban en amarillos y negros. Al mirar hacia atrás se percataron de la lejanía de su origen. Los climas eran cambiantes -como si pasaran de un ecosistema a otro- mas nunca en el trayecto vislumbraron forma de vida alguna. El guía, una y otra vez, insistía en la importancia de tomar las precauciones estipuladas en el contrato.
“Ambarmánido murió, está extinto”, esas fueron sus palabras. “¿No hay alternativa?”, esa fue mi respuesta. “Era el último”, añadió. Lo había dejado atrás, no le había quedado de otra en el momento en que los primitivos lo habían obligado.
De su cara sólo podía ver el perfil enjaulado en su propia historia. No es que no tuviera rasgos relevantes, pero su expresión no me recordaba otra cosa más que la de un animal enjaulado, así fuera entre el polvo que por días nos había rodeado o mientras la llovizna helada manchaba nuestra ropa de algún aceite extraño.
Llegamos al icosaedro, el primer edificio que se construyó en la guerra que propició la destrucción del Vaticano. En cada uno de sus veinte vitrales, los símbolos del nuevo mundo habían sido inscritos. Ahora, era una mera pieza de arqueología. Al entrar, por cada vértice de la construcción, se leía una frase en la nueva lengua:

Para una nueva religión, una nueva esperanza II, I
Tan Insospechado y transformable es el ser humano V, IV
Oscuridad que resplandece según los acontecimientos XI, II
Pero el enigma es también indescifrable para los más sabios VII, I
Oscilante como la mecánica del universo IX, II
Ante los ojos de los dementes el enigma perdura VI, V
Receptáculo, catalizador, destructor y constructor de energía  XII, III
Las estructuras para controlar las costumbres I, VI
La destrucción no siempre es negativa III, VI
A veces, más bien necesaria; irrefutable IV, V
Tan victimario como víctima a la vez VIII, IV
Ruinas de una caja llena de contradicciones X, III

Una vez en el triángulo de base, detrás de nosotros se acercó una manada de borregos carnosos, ésos a cuyo pelambre jamás se le pega el polvo, que son rollizos como puercos, pero incomestibles: los primeros seres vivos que veíamos en meses. Un desfile de carnes intocables que al recordar los guisos que algún día pudieron haber sido, calcinaban el hambre en nuestras entrañas. Cualquier impulso parecía haber desaparecido justo el día en que supimos que no podríamos volver a satisfacerlo. O al menos cuando nos enteramos de lo difícil que sería volver a gozar de cualquier placer.
Cada vértice mostraba una fórmula demasiado compleja, no éramos la gente apropiada, los expertos se habían desvanecido kilómetros atrás en las sombras de los días rosados. Entre el balido de los animales y las figuras indescifrables, nuestra desesperación fue tan grande como el silencio en el que contemplamos la estructura que nos rodeaba. 
Pizarnik mató al guía para después suicidarse con la carne de uno de los borregos. Eran las cuatro de la madrugada, según marcaba el reloj de sol en el triángulo superior del icosaedro.  Anasandro con sus esposos -Yulembre, Anixadrón y Crimenestre- decidieron aproximarse al P.O.R.T.A.L. Galermo huyó con sus hijos Primecasto y Aponiante. Sabíamos que no había nada que pudiésemos hacer por ellos. Plurinante, Licantra y yo recorrimos el Icosaedro, viendo la cantidad de especies que ahí residían: restos de lo que la biotecnología había hecho perturbaban nuestro entendimiento. En el vitral central de cientos de metros había dos puertas que al abrirse ofrecían un panorama a la nada, un panorama de triángulos, un panorama bicolor. Del Este provenía el viento. El Norte no tenía fin. La geometría dibujaba límites intangibles en un campo energético manipulado.
El sol entró a  las once de la mañana con la precisión de un bisturí; los cristales proyectaban los símbolos del nuevo mundo, el reflejo laceraba nuestras pupilas. El calor se filtraba como lombrices microscópicas hasta la médula de los huesos. Esperábamos, era lo único que nos quedaba hacer. Cuando la costumbre de la desgracia se vuelve un hábito, esperar es lo único que resta. En el momento en que el sol alumbró el vértice inferior -antes siempre oscuro-, vimos una piedra púrpura y transparente que preservaba a una persona como si aún se encontrara viva: el color, la humedad, la belleza del cabello, su sexo relajado sin el miedo de la desnudez.
Recordé la conversación con el guía: “Está extinto”, “¿No hay alternativa?”, “Era el último”. Como Ambarmánido, el hombre de la piedra púrpura había sido otra víctima de los primitivos que –como trofeo- adornaba el icosaedro cuando el sol llegaba a salir.  
Plurinante no resistió el calor y murió en brazos de Licantra.  Antes de morir dijo lo que sabía: Dios reside en el Icosaedro y no dejará que sus vidas se perpetúen, el omnipresente fue por fin descubierto por los primitivos y está aquí, puedo verlo, Él en verdad ha decidido el curso del universo, Él en verdad se ríe a carcajadas de todo lo que hacemos, es un dios oscuro ante los ojos del hombre, contrario a lo que nos han hecho creer. Dios es antinatura, ese es el logaritmo propuesto por los expertos, quien lo descifra muere, porque nadie puede asemejarse a este dios que escribe. Yo entonces pregunté ¿Dios puede oírte? ¿Puede leer tus pensamientos? Plurinante respondió con sus últimas palabras: Nada de eso, Dios no es todo poderoso, Dios no es infalible, existe sin embargo y mueve las piezas a su antojo,  es nuestro mayor enemigo, somos inferiores porque él encontró la fórmula primero…
Vimos a jinetes descender del cielo en caballos blancos que arrancaron nuestros ojos y cortaron nuestras cabezas…



Foto de Raúl Tamez tomada por Hans Withoos

Texto de Raúl Tamez y Leonardo Garvas