lunes, 22 de septiembre de 2008

Érase una vez el amor, pero tuve que matarlo.

Actualmente –gracias a una beca del FONCA- asisto a una escuela de escritores, donde, cada semana, dos personas relacionadas con el arte (músicos, escritores, coreógrafos, críticos, filósofos, etc.), nos dan clase a un grupo de unos veinte estudiantes. Esta vez el director decidió invitar a la escritora Mónica Lavin, para retomar el aprendizaje típico a través del taller. Ella dejó de tarea escribir un cuento -de máximo tres cuartillas-, que empezara con la frase: “Ese no era su nombre”, y que forzosamente tuviera titulo. Lo primero que pensé fue en oponerme pacíficamente (no haciendo la tarea), pero luego se me ocurrió que sería una buena oportunidad para expresarme ante las incomodidades que me provocaban los otros estudiantes. Este fue el resultado.

Érase una vez el amor, pero tuve que matarlo.

- ¡Ese no era su nombre! Era uno que le caía mal a todos y creo que era gay de closet.
- ¿El que se miraba al espejo todo el tiempo?
- No, ese era homosexual declarado.
- ¿El que levantaba pesas?
- ¿No, ése no?
- ¿El que hacía bromas pesadas?
- No, tampoco... ¡Mierda! Creo que todos eran homosexuales.
- Bueno, olvídalo. Mejor cuéntame de tus clases.
- Caminemos hacia Insurgentes, para pajarear un rato.
- Está bien, pero si no me quieres contar, no lo hagas.
- Pues... las clases están bien, divertidas, la mayoría de veces interesantes, aunque alguna que otra vez llega algún merolico a repetir los sermones que se sabe de memoria. De todas maneras, incluso esos merolicos dicen algo que vale la pena.
- Cualquier persona, si la escuchas el tiempo suficiente, tendrá algo interesante que decir.
- O cualquier genio dirá las suficientes incongruencias como para desilusionarte. Y ese es el problema. El tipo que detesto en clase, quiere siempre toda la atención. Bueno, hay dos o tres así, pero ése, especialmente, me saca de quicio: menciona varias veces al mismo autor, usa el mismo discurso de algún otro expositor para crear debate..., no sé, creo que está bien que participe, pero simplemente no lo soporto.
- ¿Y por eso vas a dejar de ir?
- ¿Te parece poco? El otro día a Número se le ocurrió decir, frente a la bola de ultra-vanguardistas-kul-intelectualoides, que no le gustaba Borges.
- ¿Todos en tu salón son ultra-vanguardistas-cool-intelectualoides?
- Bueno no, algunos son genuinos, pero otros son de esos que se obstinan en clasificar lo que es literatura y lo que no, a hablar de la belleza y a interpretar filosóficamente y a profundidad los textos.
- ¿Y tú apoyaste a Número con lo de Borges?
- Mira, Borges me aburre más que la historia católica canadiense de los últimos cincuenta años, pero no dije ni hice nada para respaldarlo. Creo que Número lo hace por hacerse el interesante. Le gusta ostentar posturas extremas.
- Qué buena publicidad. La contracultura es lo de hoy y siempre vende. Se parece a ti... Mira que buenas tetas tiene esa vieja.
- Creo que me gustan más las nalgas del güey que viene con ella.
- No empieces con tus mariconerías.
- Pues no empieces tú con las tuyas.
- ¿Entonces Número recibió reclamos por lo de Borges?
- Sí, el corito de asombro y risas no se hizo esperar. Él trata siempre de sonreír y ser amable, pero desde que sucedió lo de su hermano se ha vuelto más impertinente.
- ¿Qué le pasó a su hermano?
- Hipotecó la casa para invertir en un negocio, el negocio quebró, la esposa lo dejó y ahora tiene una demanda por fraude y una gran deuda.
- Que perturbador.
- A mí me sacó de onda. No tanto como cuando pierdes mil pesos, pero sí como cuando te enteras de que murieron cien mil chinos.
- ¡¿Te sacó de onda lo de los chinos?!
- Bueno, no. Pero uno no puede mostrarse honestamente indiferente a la desgracia. Es mal marketing.
- Tal vez sí, tal vez no. No faltará el grupo radical que te considere un genio por insensible... ¿No era el que se la pasaba durmiendo?
- No, yo creo que ése más bien era hipoglucémico, o estaba deprimido, aunque ya había uno que lloraba todo el tiempo.
- Vamos por un café al Starbucks.
- No gasto dinero en idioteces.
- Te sientas y me ves tomar mi idiotez.
- Como quieras... La cosa es que el jueves llegó una nueva maestra, una que publicaba en la página de Marcial. Linda, de muy buen ver. Nos pidió que escribiéramos un cuento con ciertas características. Yo detesto escribir por encargo, se me hace tan de taller, tan razonado, tan queriéndole tirar a ser como Cortázar, o Quiroga, o el autor que esté de moda, para que cuando llegues a la editorial te digan: ‘Ya tenemos a Cortázar, Quiroga y al autor de moda, ¿para qué necesitaríamos alguien que escribe igual?’, tan...
- Sí, sí, ya entendí que no te gusta. ¿Qué sucede con este cuento?
- En fin, se me ocurrió escribir algo con diálogos triviales y un título que tal vez nada tenga que ver con el texto, sin grandes sorpresas y sin la intención de impresionar al lector. Pero cuando termino el cuento me imagino a Número diciéndome que le estoy robando la idea a Tarantino. Eso dijo cuando le presté el libro de Efraín Medina. ‘Se me figuró a la charla entre John Travolta y Samuel L. Jackson de la Royale with cheese, de Pulp Fiction’, aseguró esa vez, como si no importara en lo absoluto el mensaje de la conversación...
- ¿De Pulp fiction?
- ¡No! Del libro de Érase una vez el amor..., de Efraín Medina...
- ¿Seguro que no quieres un café? Yo te lo invito.
- No, gasta tu dinero en alguna otra transnacional que lo necesite... El asunto es que a veces pienso que ya no aguanto a los tipos éstos. El semestre pasado vino la editora de Alfaguara y, siguiéndole la corriente a otra compañera, que goza de prestigio político, esta mujer aseguró que Bolaño no decía nada en sus novelas. Por centésima vez me quedé callado. Me fastidian esas personas que defienden su punto de vista en cualquier lado, como si aquello tuviera alguna importancia, o los que oyen algo de lo que saben y de inmediato quieren opinar.
- ¿Y tú nunca eres así?
- ¡Parece que estuviera en terapia! Tú, con tu café de 60 pesos, sentado en tu silloncito de tela fina, deduciendo y cuestionando todo lo que digo.
- ¿No era papá pitufo?
- No, era el de las gafas que lanzaban a la montaña cada vez que aburría a los demás.
- ¡Pitufo Filósofo!
- Sí. Ese era su nombre. Así es el tipo que detesto en clase.
- A mí me parecía sexy Pitufina.
- No empieces de nuevo con tus mariconerías.

6 comentarios:

Anónimo dijo...
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chingaderas dijo...
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chingaderas dijo...

Dios no, que vergüenza u_u

Arturo Loría dijo...

¿Algo contra los talleres? Jajaja...

The Passenger dijo...

Ja ja qué risa, y así son las mejores conversaciones. A mí me gustó tu cuento. Y estoy de acuerdo, qué molestas son las personas que quieren expresar su opinión en todos lados, sobre todo cuando saben que la mayoría a su alrededor ya la saben.

plehbiac dijo...

Muy entretenido